domingo, 15 de agosto de 2010

Cuento con final improvisado, todo por acabarlo.

Desde que era muy pequeña, no creía en los finales felices, no creía que tu primer amor podría ser tu único amor para siempre. Nunca creí que me pudieran decir a quien puedo o a quien no puedo amar. Nunca creí en nada, más que en mi
misma.


_Princesa, ¿estás ahí?
_Eso depende, ¿Quién eres?
_La última persona a quien quieres ver.
_Sí estoy, pasa rápido y cierra la puerta por favor.



De pequeña, nunca creí en los cuentos, mucho menos en los que el príncipe azul llega a rescatar a la princesa. Nunca creí que las princesas fueran tan perfectas como nos hacían creer y mucho menos que eran siempre dulces y tiernas.

Yo conocí a una princesa de verdad que, siendo sincera, no se parece en nada a la que nos muestran en los cuentos. Ella era perfectamente imperfecta. No paraba siempre feliz, le salían granos cada que se estresaba y su reino estaba lleno de todo, personas honestas e hipócritas, pues estos últimos querían verla derrotada y despojada de su trono. Sin embargo, lo que ellos no sabían era que a la Princesa lo último que le importaba era el trono.


_ ¿Mario qué haces aquí?_ preguntó la princesa.
_ Vine a verte…. No quiero que te vayas.
_ Me voy porque tengo que hacerlo, porque si me quedo aquí un día más, puede que me vuelva loca.
_ ¿me quieres?
_ por supuesto que te quiero, te amo y nunca te olvidaré.
_ Quédate entonces y luchemos contra todos, pero juntos.
_ No es suficiente, tengo que irme, ahora vete y no me sigas por favor. Nunca entenderías.


Él sabía bien que su princesa se escaparía a las 12:00 a.m en punto, pues no querría que nadie la vea. Con lágrimas brotando de sus ojos se retiró del cuarto de su amada, sin despedirse…sin decirle nada. Pasaron las horas y él siguió pensando en que no la volvería a ver, su mundo se derrumbaba y no sabía que más hacer. No podía exigirle nada, pues él era un simple plebeyo.
Esa noche, como era de esperarse, la princesa esperó a que todo su reino estuviera durmiendo, esperó a que no haya ni una sola antorcha prendida y decidió bajar sigilosamente. Mario, guiado por el amor que sentía, se escondió y la esperó; Sin embargo, ella no estaba sola, al bajar la esperaba un conde, un hombre de la nobleza a quien, éste plebeyo no conocía. Ella lo abrazó, con un cariño infinito y lo beso, como si hubiese estado enamorada de él por años. Mario sintió que en ese segundo su alma se desvanecía y su corazón se rompía en mil pedazos, pensó que ya no tenía razón para vivir, pues el amor de su vida, “SU PRINCESA”, se había enamorado de otro hombre.

_ ¿Qué hago? _ pensó Mario.

Pero la pregunta era inútil, él sabía sus opciones: Se quedaba ahí, resignándose a su amor o la seguía hasta volverla a conquistar, librándose de aquel conde algún día. Pero él era un simple plebeyo, Mario el plebeyo. El odio se apoderó de Mario, ella ya no era su princesa, era solo una chica más (más bien dicho, eso quería pensar él.) Decidió seguirla, se juro a si mismo algún día vengarse, algún día tenerla entre sus brazos y luego despreciarla. Día a día los seguía, los veía abrazándose, besándose, haciendo el amor mientras que el solo pudo llorar en silencio. Cada vez que algo pasaba, el lo escribía, lo guardaba para nunca olvidar lo que su princesa le hizo y para recordar lo cruel que fue con él.

_ ¿Me quieres? _Pregunto el Conde
_ por supuesto, nunca he querido a nadie como te quiero a ti. _contesto la princesa (Palabras que hacían que Mario, al escucharlas, agonice).
_ Cásate conmigo entonces, ya nos hemos escapado, ahora empecemos nuestra vida juntos, esa que soñaste, aquella que anhelaste.
_ No es tan fácil amor mío, nunca lo ha sido.
Pues ella era la mujer más complicada del mundo, no podía simplemente querer y conformarse, o por lo menos nunca pudo antes del conde…


Pasaron los años y Mario se canso de seguir a su princesa, regreso al pueblo y se dio con la sorpresa de que todos, incluyéndolo, habían recibido un mensaje de la princesa que decía:

“Están todos invitados a mi boda, será el próximo 11 de agosto, espero verlos a todos. Les pido a ustedes, humilde pueblo, mil disculpas por haberme escapado sin consultarles, pero esto era necesario. Para encontrar mi libertad y el verdadero amor. “


Con esta noticia, Mario se mudo y se escapo de aquel reino, donde ahora reinaba el conde junto con su princesa. No quiso saber más de aquel pueblo y mucho menos de aquella mujer que tanto lo había lastimado. Nunca la llego a odiar de verdad, pero el dolor ante haberla perdido era tan grande, que hizo que el crea eso. Al pasar los meses, el recuerdo de su princesa seguía en él y, aunque ella ya ni lo recordaba, el prometió siempre guardar todo lo bonito que vivió a su lado, para no odiarla y mas bien, siempre quererla, pero esta vez como amiga.

...


Desde que era muy pequeña, no creía en los finales felices...ahora si creo en ellos. El simple hecho de no tener un por siempre con tu primer amor no significa no tener un final feliz. Significa que recien empiezas a vivir, pero de la manera correcta, sin cometer los mismos errores.

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